1978: Un Mundial bajo terrorismo de Estado

(Fragmento del libro “Masacre en el Pabellón Séptimo”):

Hay muchas maneras de matar
Pueden clavarte un cuchillo en el vientre
Quitarte el pan
No curarte una enfermedad
Meterte en una mala vivienda
Torturarte hasta la muerte
por medio del trabajo
Llevarte a la guerra, etc.
Solo pocas de estas cosas están prohibidas en nuestra ciudad.

Bertold Bretch, dramaturgo alemán1

Argentina, 1978: fútbol y represión

Faltaban apenas dos meses y pocos días más para el inicio del primer Mundial de Fútbol que por fin, y superando todos los obstáculos, se jugaría en la Argentina. Todos los medios de comunicación, y muy en particular Clarín y El Gráfico, preparaban el escenario para el gran día. La última página de Clarín, la histórica contratapa de los chistes, reflejaba un debate solo aparentemente menor: el que enfrentaba por un lado a Clemente, el pajarraco creación de Carlos Losteau (a) Caloi que llamaba a los hinchas argentinos a tirar papelitos para alentar a la selección de fútbol local, con el relator José María Muñoz, acérrimo opositor a lo que definía como una muestra de incivilidad. No era una pelea imaginaria entre un personaje de historieta y un periodista, sino entre la defensa de cierta forma de libertad –la de los papelitos tirados al viento- frente al orden cuartelero al que adhería Muñoz.2
Otros debates se sucedían alrededor del Mundial de Fútbol. La Argentina había acordado realizarlo en 1978, doce años antes y durante la presidencia del general Juan Carlos Onganía, que en nombre de una supuesta “Revolución Argentina” había derrocado a Arturo Illía el 28 de junio de 1966, iniciando siete años de dictadura en los que comenzaron a desarrollarse las políticas de exterminio que se concretarían masivamente a partir de 1976.
Las discusiones sobre el Mundial se daban en todos los ámbitos donde algo podía debatirse, sobre todo en el exilio. Pero, más dolorosamente aún, aparecía en las casas donde faltaban uno, dos o tres hijos e hijas. Hebe de Bonafini ha recordado con dolor, y también comprensión, aquellas discusiones en la que su marido defendía su derecho a disfrutar los partidos del Mundial, a pesar de estar tan atravesado por el dolor como ella.3
El compromiso de realizar el Mundial de Fútbol no había sido tomado por Videla, Massera y Agosti, pero esa herencia fue gustosamente asumida por los dictadores: era una excelente oportunidad para blanquear la imagen del gobierno frente al resto del mundo, mostrando un pueblo entusiasta y unido alrededor de su selección, dirigida por un ex futbolista que de ninguna manera podía definirse como de derecha: César Luis Menotti. El debate alcanzó al exilio argentino, diseminado por Latinoamérica y Europa. Nicolás Casullo resumió aquel dilema en un texto publicado veinte años después del Mundial, para el libro Decíamos ayer, un libro ineludible para quien pretenda conocer cuál fue el rol de la prensa durante la dictadura:

Mi posición fue criticar a los que invalidaban la realización del Mundial, si bien desde correctas lecturas políticas sobre lo que pretendía la dictadura con dicho suceso, olvidando o desconociendo sustancialmente lo que podía significar el certamen máximo para la histórica y popular cultura futbolística de aquellos argentinos que más aprecié siempre: los de la cancha.
La peregrina idea por parte de un intelectualismo de izquierda, en cuanto a que el magno campeonato idiotizaría la conciencia de las clases subalternas y afianzaría el poder militar ante un probable triunfo de la escuadra de Menotti, la entendí hija de aquella insoportable visión que había situado a las masas compradas siempre por algún ‘pan y circo’.
(…) Coincidía en que había que denunciar aquel infierno, el genocidio, las inmensas listas de desaparecidos. Pero no situar a ese sujeto ‘hincha’ –a ese que portaba un fabulario indispensable de entramado futbolístico como forma de identidad, de niñez, de ‘postas’ en su vida, de querencias y valores- en la condena de estar ‘queriendo un mundial sobre la sangre y la muerte’4

A principios de 1977, en un vuelo en el que se encontraron casualmente, Gabriel García Márquez y Mario Eduardo Firmenich tuvieron una larga conversación, que se publicaría como reportaje en la revista mexicana Alternativa en abril de ese año. La entrevista provocó mucho impacto, entre otros motivos, porque Firmenich efectuaba un cálculo de costos en vidas, frente a la certeza de García Márquez de que el año siguiente llegaría la derrota de los Montoneros:

Hicimos nuestros cálculos de guerra y nos preparamos para sufrir mil quinientas bajas en el primer año del golpe. Si no eran mayores, estaríamos seguros de haber ganado. Pues bien, no han sido mayores. En cambio la dictadura está agotada, sin salida y nosotros tenemos un gran prestigio entre las masas y somos una opción segura para el futuro inmediato. Este año marcará el fin de la campaña ofensiva de la dictadura y se desarrollarán las condiciones para la contraofensiva final.5

En 1978 Firmenich efectuó un análisis semejante acerca del estado del movimiento de masas, y de las perspectivas frente a la dictadura, en el documental Resistir, filmado por Jorge Cedrón con el seudónimo de Julián Calinki, con la participación de Juan Gelman.6 Allí no se hace ninguna mención acerca del Mundial que se jugaría ese año. Sin embargo, en una reunión realizada en La Habana a fines de 1977, la Conduccción Nacional de Montoneros había resuelto no boicotear el Mundial, sino más bien aprovecharlo para hacerse presentes frente a los miles de periodistas que visitarían la Argentina durante esos meses. Uno de los encargados de difundir esa decisión fue Rodolfo Galimberti, a través de un reportaje otorgado al diario francés L’Express. Así se contrarrestaba la posición del COBA, sigla que significaba “Comité por el boicot de la organización por la Argentina de la Copa del Mundo de Fútbol”, integrado por exiliados argentinos y franceses solidarios. Lionel Jospin, responsable del “sector tercer mundo”, sostenía que había que hacer todo lo posible para que el Mundial no se jugara en la Argentina.7 Por el contrario, Galimberti afirmaba: “Montoneros no producirá ninguna operación que pueda poner en peligro a los jugadores y a los periodistas. No habrá de nuestra parte ningún recrudecimiento de la lucha armada durante este período. Nosotros vamos más lejos, nosotros proponemos una tregua a la dictadura militar de Videla.”8
Se harían operaciones militares y de propaganda, según las indicaciones del dirigente montonero Roberto Cirilo Perdía:
Nuestras operaciones deben ser imposibles de ocultar por el enemigo. La idea es poco esfuerzo y mucho ruido. No se deben realizar operaciones militares que afecten directamente o perjudiquen a:
a) los partidos de fútbol
b) los equipos o delegaciones extranjeras.
c) los periodistas argentinos o extranjeros.
d) los turistas o espectadores de los partidos de fútbol9

Es que el objetivo fundamental era mostrar a los visitantes -turistas futboleros y periodistas- la realidad argentina, insistía Galimberti en sus presentaciones ante los medios: “Queremos que vayan a la Argentina para que se den una idea del clima que reina en el país. Queremos que vayan a ver la opresión y la pauperización que vive nuestro pueblo. De nuestra parte, no habrá ningún recrudecimiento de la lucha armada. Sólo realizaremos acciones de propaganda para que conozcan la verdad”.10
Así fue: No hubo boicot, todos los equipos que tenían que jugar al fútbol vinieron a la Argentina y participaron en el Mundial. Los Montoneros no hicieron, tal como habían prometido, ninguna acción armada. Quienes tengan más de 45 años quizá recuerden algunos cortes en las transmisiones de los partidos, sobre todo en el conurbano bonaerense, donde por algunos minutos se escuchaban proclamas y llamados a la resistencia contra la dictadura, pero no más que eso.11
No hubo boicot, y la Selección Argentina logró ganar la Copa del Mundo. Atrás quedó la renuncia de su capitán Jorge Carrascosa apenas cuatro meses antes del inicio del campeonato. Se rumoreó entonces que tenía una posición de izquierda, y que no quería ser parte de lo que el director Sergio Renán -en una película clave para entender que la dictadura no era sólo el terror ejecutado por un grupo de militares genocidas, sino un fuerte entramado político-cultural que acompañaba sus políticas- llamaría La fiesta de todos. Sobre las peripecias que atravesó el equipo de César Luis Menotti hasta llegar a la final jugada el 25 de junio de 1978, se discute todavía si el abultado triunfo de 6 a 0 frente a la selección de Perú, que dejó afuera a Brasil y abrió el camino hacia la obtención del título, fue comprado, conseguido bajo presión, o con la ayuda del arquero argentino nacionalizado peruano, Ramón Quiroga.12 En cualquier caso, el último partido se jugó contra la selección de Holanda, y se ganó merecidamente un partido difícil, con alargue, y que estuvo a punto de perderse.
La dictadura realizaría algunas de sus acciones más brutales durante ese año, antes, durante y después del Mundial. La tarea represiva más se completaría prácticamente en su totalidad durante ese año inolvidable. En marzo, además de la Masacre en el Pabellón Séptimo, sucedieron cinco hechos que, casi treinta y cinco años después, permiten leer ese momento histórico en varias de sus dimensiones. El martes 7 un Tribunal Revolucionario Montonero, presidido por el comandante Mario Firmenich, e integrado por los sumariantes comandantes Roberto Perdía y Raúl Yäger, dictó sentencia en el caso de Tulio Tucho Valenzuela, un militante montonero secuestrado por patotas del Ejército, que había dejado a su mujer embarazada, Raquel Negro y al hijo de ésta, Sebastián, en manos de los militares en la Argentina, y había partido a México integrando un grupo al servicio de los dictadores, simulando el compromiso de atentar contra la vida de los máximos dirigentes de Montoneros. Al llegar a México, en enero de 1978, Valenzuela denunció públicamente la operación, lo que derivó en un escándalo diplomático, y salvó la vida de la cúpula de Montoneros.13 El caso está magistralmente relatado en el libro Recuerdos de la Muerte, de Miguel Bonasso.14 Valenzuela fue condenado por sus compañeros a la pena de degradación, y pasó del grado de mayor, al de subteniente. El texto de la sentencia, dictada en México, resulta difícil de comprender por fuera de la lógica militarista de la organización que la dictó. Un hombre que se había jugado la vida, la de su mujer, la del hijo de su mujer -al que amaba como propio-, y la de los mellizos que su mujer portaba en su vientre, para denunciar la planificación de una operación internacional que desnudaba el terror de la dictadura dentro y fuera de las fronteras de la Argentina, era degradado, bajo los cargos de traición y delación. Eso sí, se entendían como atenuantes las intenciones de Valenzuela, lo que lo salvó de ser fusilado. Y se confiaba en su “recuperación”: “… la sentencia dictada implica la plena confianza en la rehabilitación revolucionaria del compañero sancionado para lo cual se hace un llamado no sólo al compañero sancionado, sino al conjunto partidario para permitir que la autocrítica formulada se verifique en los hechos.”15
El ejercicio de la autocrítica y la demostración de que estaba rehabilitado implicaría para Valenzuela el retorno a la Argentina en el marco de la “contraofensiva” ordenada por la conducción montonera. La última comunicación con su familia fue en mayo de 1978, y luego desapareció definitivamente.
Unas semanas después de dictada la sentencia contra Valenzuela en México, el 27 de marzo de 1978, fue dada de alta del Hospital Militar de Paraná, Entre Ríos, una pareja de mellizos. La nena estaba anotada como Soledad López y el nene, como NN López. La madre era Raquel Negro, quien desapareció luego de dar a luz entre el 2 y el 3 de marzo. La beba fue entregada en adopción, y ha recuperado su verdadera identidad. Se llama Sabrina, y sigue buscando a su hermano, el mellizo desaparecido.16
Tres días antes, el mismo 24 de marzo en que se cumplía el segundo aniversario del golpe de estado contra el gobierno constitucional de Isabel Perón,17 cuatro jóvenes -entre los que estaba un ex arquero del club de fútbol Almagro, Claudio Tamburrini- se fugaron de la Mansión Seré,18 una casa antigua ubicada en Castelar, provincia de Buenos Aire, utilizada entonces por la Fuerza Aérea como centro clandestino de detención. Fue una de las poquísimas fugas exitosas que se produjeron en la dictadura. Tamburrini declaró en el Juicio a las Juntas el 7 de junio de 1985:

Cuarenta y ocho horas antes de la noche o la madrugada del 24 de marzo del año ’78 entra ‘la patota’ en la pieza haciendo mucho escándalo, como ellos hacían, con el fin de crear un clima de terror y de pánico a su alrededor, nos golpean como lo hacían periódicamente y se acerca una persona a mi cama, me nombra, me pregunta si yo quien era, contesto afirmativamente; me dice que me pare; yo me paro esperando el golpe en el estómago o en la cara, pero no me pega, me pone un arma en la sien y me dice: ‘Nosotros sabemos que vos estás planeando una fuga, pero te estamos dejando hacer para aplicarte la ley de fuga; a vos y a los otros tres los vamos a estar esperando abajo.’19

A pesar de la amenaza, y de lo creíble que podía resultar en ese contexto, decidieron continuar con su plan de fuga. Años después, Tamburrini publicó un libro20 que puede leerse como una novela en la que, hasta último momento, no se sabe si los héroes lograrán huir de las bestias que los tienen atrapados. Tiene incluso momentos de cierto humor. Pero es pura y horrorosa verdad, aunque cueste creer que esos cuatro jóvenes que corrían por las calles de Castelar, en el segundo aniversario del golpe de estado, “barbudos, pelados, desnudos, esposados algunos de ellos”, como se autodescribía Tamburrini, rapados a cero y desesperados, hayan sobrevivido al intento.

En la semana del 13 al 20 de marzo se produjeron, además de la masacre en el Pabellón Séptimo, otros dos hechos.
Entre el 14 y el 17 de marzo Horacio Nariz Maggio, secuestrado en la Escuela de Mecánica de la Armada, burló a sus captores y se fugó, no de la ESMA, sino del local donde lo habían llevado para hacer unos trámites. Anguita y Caparrós reproducen el diálogo que se habría dado entre sus compañeros secuestrados: “-Se perdió Nariz. -¿Cómo que se perdió Nariz? Le contestaron a coro. -Lo llevaron a despachar unas cartas al correo de Pueyrredón y como el verde que lo llevaba no pudo estacionar, dio la vuelta manzana y, cuando volvió, Nariz no estaba.”21
Otra versión indica que Maggio había sido enviado a comprar papeles y lapiceras, y que eligió una librería con dos puertas. Su acompañante y custodio lo esperó en la puerta que daba a la calle y él se habría escapado por la trasera. Mucho tiempo después, en una nota publicada en Clarín con motivo de haberse encontrado dos inscripciones de Maggio en la ESMA, se sostuvo esta segunda versión, que repite la fuga narrada en el libro La orquesta roja22de Giles Perrault, luego llevado al cine, en el que se describe el funcionamiento de la red de espionaje soviético durante la Segunda Guerra Mundial.
Seguramente confiados en la impunidad con la que actuaban, los marinos utilizaban a algunos cautivos para realizar tareas fuera de la ESMA. No parece que lo hicieran porque carecían de personal, sino que más bien era un modo de medir “rehabilitaciones”. Como se sabe, el hecho de mantener vivo a cierto número de prisioneros -que no eran colaboradores, sino que simulaban algún tipo de cooperación, la mínima indispensable para sobrevivir sin delatar a sus compañeros ni entregar información valiosa- fue una política que se planteó Massera, en el marco de sus proyectos de transformarse en un nuevo líder político de masas. Los marinos bajo su mando utilizaban el trabajo esclavo de algunos detenidos-desaparecidos que luego de pasar por la tortura podían ser aprovechados para escribir notas periodísticas, sacar fotos, realizar informes, construir archivos, hacer traducciones o falsificar documentos. En ciertas ocasiones se los sacaba a visitar a sus familias, a compartir una cena junto con sus torturadores, o a realizar trámites o comprar útiles, como en el caso de Maggio. Era un modo de medir el grado de confianza al que podían hacerse acreedores. En este punto es posible verificar una de las muchas continuidades entre las políticas aplicadas en los campos de concentración ilegales y las aún vigentes en las cárceles legales: el recorrido por distintas “fases” de confianza, supuesta muestra del grado de arrepentimiento y de rehabilitación. Y como sucede con los presos “comunes”, lo que impera es la simulación. Si demostrar arrepentimiento/colaboración/aceptación de las normas significa obtener una visita con la familia, dejar de ser torturado/a, vivir en condiciones más dignas, o simplemente comer, la persona privada de libertad asumirá que vale la pena, literalmente, mostrarse arrepentido, o colaborar, o cumplir normas absurdas. Eso hizo Maggio, hasta que encontró el momento indicado para desaparecer de la vista de sus captores, y puso fin a su actuación.
Durante la semana siguiente, Maggio cumpliría una rutina: llamar todos los días, a toda hora, al teléfono oficial de la ESMA: “Va a haber un Nüremberg para ustedes, asesinos”, les vaticinaba a sus sorprendidos interlocutores. También envió cartas a autoridades militares, políticas y eclesiásticas; a embajadores y periodistas. En el mes de abril mantuvo una entrevista con el subdirector de la agencia de noticias Associated Press en la Argentina, Richard Boudreaux. El mundo se enteró del destino de las monjas francesas Alice Domon y Léonnie Duquet y de la tortura y muerte de la adolescente Dagmar Hagelin, entre otros horrores. Nombres como el de Alfredo Astiz y Jorge Tigre Acosta comenzaron a circular como autores de las más terribles atrocidades.23 Todo ello, a dos meses de un Mundial que se inauguraría a pocos metros del lugar donde esos actos se realizaban: en la cancha de Ríver, prácticamente en el mismo barrio donde estaba ubicada la ESMA y donde hoy funciona el Espacio Memoria y Derechos Humanos.24
Maggio cumplió la tarea que se había impuesto: denunciar, hacer saber, burlarse de los torturadores y asesinos, al costo inmenso de su propia vida. Los marinos, enfurecidos por la humillación, iniciaron una cacería, pero fue el Ejército el que lo detuvo y lo asesinó el 4 de octubre de 1978. La presa fue exhibida en el playón de estacionamiento de la ESMA, y sus ex compañeros fueron obligados a desfilar delante de su cadáver destrozado.
También destrozados por los disparos y en la misma mañana del martes 14 de marzo en que se estaba produciendo la masacre en el Pabellón Séptimo, aparecieron varios cadáveres sin identificación en la esquina de las calles Urunday y Virgilio, un descampado de la ciudad de Lomas de Zamora, en la provincia de Buenos Aires, y en el mismo día fueron enterrados como NN en el cementerio local. Entre esos cadáveres estaba el de Laura Feldman, una adolescente de 18 años a la que llamaban Penny.25 Por varias razones, no solo porque los cadáveres aparecieron el mismo día, estas dos masacres están muy relacionadas. Tanto Laura como la otra mujer y los tres hombres asesinados habían estado privados de libertad en el centro clandestino de detención El Vesubio, como ya dijimos, un establecimiento dependiente del Servicio Penitenciario Federal en el que cumplían tareas de control sobre los secuestrados guardiacárceles de la institución. Uno de ellos era Néstor Norberto Cendón. Este sujeto había declarado en la Comisión Nacional de Desaparición de Personas (CONADEP) que el 19 de enero de 1978, en la esquina de Urunday y Falucho de Lomas de Zamora, había sido asesinado un integrante del SPF de apellido Busarquiz y que esa muerte se le había atribuido a una célula de los Montoneros. “Por ese motivo -declaró Cendón- le fue encomendada la realización de tareas de inteligencia y tiempo después fue convocado al Centro Clandestino de Detención Vesubio, donde el director de inteligencia del Servicio Penitenciario Federal –Neuendorf- le ordenó verificar el registro de un pedido de área libre en el Destacamento Policial de Parque Barón, luego de lo cual se le pidió que se retirara.”26 Cendón, en esa declaración brindada ante la CONADEP el 15 de agosto de 1984 -legajo 7170 -, dijo que más tarde se había enterado por compañeros, “que debido a la muerte del oficial del SPF se había decidido devolver el golpe denominándolo ‘CINCO POR UNO’ y por ese motivo se habían retirado cinco personas que se encontraban secuestradas en Vesubio y habían sido acribillados a balazos en la misma esquina donde ocurriera el asesinato de Busarquiz.”27
Los relatos de los sobrevivientes del Vesubio y de la hermana de Laura Feldman son sobrecogedores. Es posible imaginar a esa joven de 18 años, ex estudiante del Colegio Carlos Pellegrini, enamorada de un joven de la misma edad, Eduardo Alberto Garuti,28 hija del cineasta Simón y de la periodista Mabel Itzcovich, pertenecientes ambos a los círculos culturales de la clase media argentina, confiar en que el drama que estaba atravesando duraría a lo sumo unos días: “(…) señaló que al tiempo de estar en ese lugar, llevaron a un grupo de chicos muy jóvenes, de 17 o 18 años, eran chicos del secundario,29 esa noche se escucharon muchos ruidos, golpes, gritos y patadas. Entre ellos estaba Laura Feldman, quien constantemente repetía que su papá era cineasta y que iba hacer algo por ella. Dijo que estaba muy asustada, vestía jeans y una camisa con flores o algo estampado y que era muy bonita. También pedía que la dejaran en libertad porque ella no tenía nada que ver.”30
Laura Feldman era una muchacha preciosa, y eso parecía enfurecer a sus torturadores: “Dijo que los que eran torturados no se veían entre sí durante la tortura, se encontraban después, en las cuchas todas sucias, hinchadas, sangrientas y con moretones por todos lados. En ese marco recordó a Laura Feldman y dijo que el segundo día tenía la cara destrozada, eso era lo que les gustaba a los de la patota, destrozar la cara de las mujeres.”31
Laura, junto a otra mujer y a tres hombres, pagó con su vida la feroz venganza por la muerte de un funcionario penitenciario. Antes de ello, según relató su hermana Ana, Simón Feldman fue contactado por alguien que le dijo que debía entregar una suma de dinero para recuperar a su hija. El hombre llevó tres mil dólares al sitio donde lo citaron, fue secuestrado por unas horas, y luego lo dejaron tirado en un descampado. Poco después, su hija aparecía acribillada a balazos en otro descampado.
Como Horacio Maggio, Laura dejó su huella en su lugar de cautiverio: Alejandra Naftal, que permaneció secuestrada durante los meses de mayo y junio de 1978, y conocía a Laura Feldman porque había estudiado también en el Pellegrini, contó que había visto en una de las cuchas del Vesubio, “grabado, raspadito o con birome, un corazón que decía ‘Penny y Angelito’”32
Cada uno de estos crímenes ha sido investigado, y sus autores condenados. El enorme trabajo de organismos de derechos humanos y algunas fuerzas políticas; oficinas públicas y una parte de la justicia, ciertos medios de comunicación, escritores y editoriales; familiares y amigos, han logrado a lo largo de estos años que podamos saber quiénes fueron Tulio Valenzuela, Raquel Negro y sus hijos, Claudio Tamburrini, Horacio Maggio y Laura Feldman. Conocemos sus sobrenombres, sus fotos, sus historias personales y el modo en que vivieron sus últimos días, o que lograron sobrevivir. Las historias son complejas, porque se desarrollan a lo largo de decenas de años, en situaciones jurídicas, políticas y familiares diversas, con cientos de protagonistas, con variaciones de identidad, con enormes dificultades porque de lo que se trata es de reconstruir lo sucedido en espacios donde reinaba el no-derecho.
De las únicas víctimas de aquel marzo sangriento de quienes prácticamente no sabemos nada, es de las -por lo menos- 64 personas que murieron quemadas, asfixiadas y baleadas el martes 14.

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