Lo que cuentan las presas políticas (I)

Para muchas presas políticas, llegar a la Cárcel de Devoto durante la dictadura implicaba mejorar notablemente su situación. En primer lugar, porque llegaban de lugares donde las condiciones de vida eran aún peores. Y, sobre todo, porque allí estaban “legales”, es decir, privadas de libertad, pero vivas y visibles. Eso implicaba además, que podían ser visitadas por sus familiares, escribir y recibir cartas, organizarse, leer, estudiar… Todo ello, por supuesto, bajo las condiciones brutales que imponía el Servicio Penitenciario Federal. El relato más completo acerca de la vida de esas mujeres está reunido en  “Nosotras presas políticas. 1974-1983” (Soles Secretos Asociación Civil y Nuestra América Editorial, Buenos Aires 2006), un libro que reúne testimonios, cartas y documentación de fundamental importancia para entender cuál era el rol que la dictadura asignaba a la cárcel de Devoto: ser una especie de “vidriera”, mostrable al mundo y a las (escasas) visitas internacionales de inspección:

“Poco tiempo después del golpe de Estado de 1976, y como parte del plan de ‘aniquilamiento de la subversión’, los militares concentraron en el penal de Villa Devoto, en Buenos Aires, Argentina, a las mujeres que nos encontrábamos detenidas en las unidades penitenciarias de todo el país. Su objetivo fue disponer de nosotras según sus necesidades políticas y convertirnos, de esa manera, en rehenes. A partir de ese momento esta cárcel pasó a ser el lugar en el que permanecimos la mayor parte dl tiempo y que, por estar situada en la Capital Federal, fue utilizada por la dictadura para mostrar una imagen de legalidad frente a las presiones que ejercían, en ese entonces, los organismos internacionales de derechos huamnos, razón por la que la llamamos ‘cárcel vidriera'” (“Nosotras…”, Introducción, pág. 21)

Pero, como sucede en todas las instituciones de encierro, con o sin detenidos/as políticos/as, siempre hay una parte “mostrable”, y otra(s) oculta(s):

“En ese contexto la realidad del penal encerraba una clara dicotomía: en lo formal era una cárcel con celdas prolijamente pintadas de celeste y personal que nos trataba de ‘señoras’ y de ‘usted’. Pero, en realidad, se trataba de un sórdido y persistente régimen opresivo cuya máxima expresión fue la sentencia de las autoridades del Servicio Penitenciario Federal cuando nos dijeron: ‘De aquí saldrán muertas o locas'” (Ibídem)

En el caso de los presos comunes que convivían con las presas políticas, no había dicotomía. Los organismos internacionales de derechos humanos no iban a visitarlos y el trato era brutal, como siempre, pero más militarizado, desde el momento en que las cárceles pasaron a ser un engranaje del aparato dictatorial.

Decíamos en un libro en el que análizabamos las “políticas de tratamiento” aplicadas a los jóvenes adultos en las cárceles federales (Claudia Cesaroni: “El dolor como política de tratamiento. El caso de los jóvenes adultos presos en cárceles federales”, Fabián Di Plácido Editor, Buenos Aires, 2009):

El mismo día del golpe, 24 de marzo de 1976, entre otros engendros normativos la Junta Militar produjo la ley 21.267, destinada a garantizar la impunidad de los integrantes de todas las fuerzas policiales y de seguridad, incluyendo obviamente a los servicios penitenciarios. El texto –un solo artículo- es tan escueto como transparente:

Art. 1º) A partir de las 13 horas del día 24 de marzo del corriente año, el personal de las fuerzas de seguridad, de las fuerzas policiales y penitenciarias, nacionales y provinciales, quedará sometido a la jurisdicción militar respecto de las infracciones delictivas y/o disciplinarias en que pudiere incurrir durante o en ocasión del cumplimiento de las misiones que le imponga el comando militar respectivo.

Los objetivos de esta ley son obvios. Por un lado, garantizar la impunidad de la jurisdicción militar para los autores de secuestros, asesinatos, torturas, robos, supresiones de identidad y fusilamientos cometidos “en cumplimiento de las misiones” impuestas por los comandos militares. Por el otro, someter a control de éstos todo lo que sucediera en cada uno de los ámbitos donde las fuerzas de seguridad, policiales y penitenciarias cumplieran funciones. La impunidad y el control férreo de los militares se extenderían sobre los lugares de detención legales, como cárceles y comisarías; y los clandestinos, que en muchas ocasiones funcionaban en espacios de fachada legal. La Escuela de Mecánica de la Armada es el ejemplo más evidente, pero no el único: el informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos producido en 1980, luego de la visita efectuada por sus integrantes en 1979, incluye dentro de los centros clandestinos de detención, el ubicado en “un centro de estudios penales, próximo a la ruta 205 y la ruta al aeropuerto internacional de Ezeiza”1 Duhalde precisa: ese campo de concentración clandestino funcionaba en instalaciones de la Escuela Penitenciaria de la Nación, dependía del Primer Cuerpo del Ejército y tenía funciones claramente determinadas: “Era utilizado como enfermería para prisioneros clandestinos y atención de mujeres embarazadas.2

Poco después, el 16 de junio de 1976, a través del decreto 955 se extendió el régimen aplicable en la Unidad 6 de Rawson3 a los detenidos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional en cualquier establecimiento del Servicio Penitenciario Federal.

En el año 1979 se producen varias normas vinculadas a la situación de los presos, y entre ellas, algunas relativas a los entonces denominados menores y jóvenes adultos, varones y mujeres. La dictadura militar había secuestrado, torturado, desaparecido y asesinado a miles de personas -la mayoría de ellas, menores de veinticinco años de edad-4 durante los años de mayor ferocidad represiva, entre 1976 y 1979. Se trataba entonces, una vez cumplida la parte más importante del trabajo sucio, de consolidar esa ficción de legalidad de la que se hablaba más arriba mediante la creación de normas relativas a la situación de los presos legalmente detenidos. Así recuerda su llegada a la cárcel un ex preso político, que tenía entonces quince años de edad:

La dirección de la caravana de vehículos en los que nos transportaban y luego la certidumbre de acercarnos a los muros del penal, me dieron una tranquilidad que a nadie se le ocurriría imaginar o sentir al entrar a una cárcel. Para mí, para nosotros, el llegar a un penal era, en cierta forma, reconfirmar una certidumbre de legalización, de existencia, de nombre y apellido. Quizá habría que analizar profundamente las palabras del general Jorge Rafael Videla, ‘un desaparecido es alguien que no está, no existe’ y ver su gesto como si humo escapara de sus manos (…) A partir de aquí será posible comprender las paradojas que permanentemente van a surcar este testimonio. Una semi alegría por cada signo que nos diera señal de existencia.5

1 Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Informe sobre Argentina, Capítulo V: Derecho a la seguridad e integridad personal c) Inspección en cárceles y otros centros de detención, 1980.

2 Duhalde, op. cit., pág. 98.

3 Ese régimen se había establecido por el Decreto 2023/74, que disponía el cambio de denominación de la Unidad 6, de “Instituto de Seguridad y Resocialización” a “Instituto de Seguridad”, y la destinaba al “alojamiento de delincuentes subversivos y de los que se encuentran a disposición del Poder Ejecutivo Nacional”

4 Véase: Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, Nunca Más, Eudeba, Buenos Aires, 1984. A partir de las denuncias presentadas ante la Conadep, se estableció una cifra de 8961 personas desaparecidas. De ellas, el 10,61 % correspondía a la franja de entre 16 a 20 años de edad, y el 32,62 %, a la de 21 a 25 años. Duhalde (ob.cit., pág. 198), indica que, entre mayo de 1976 y junio de 1977, 130 adolescentes de entre 15 y 18 años habían sido secuestrados, y que unos 100 conscriptos de entre 18 y 20 años habían sufrido igual destino.

5 Asociación Civil El Periscopio, Del otro lado de la mirilla. Olvidos y memorias de ex Presos Políticos de Coronda 1974-1979, El Periscopio, Santa Fe, 2003, pág. 215.

La cárcel de Devoto, entonces, era “legal”. Con el particular concepto de legalidad, claro, que imperaba luego de que los militares derrocaron el gobierno constitucional:

“La impunidad jurídica alcanzó todos los niveles del accionar militar. Jamás en la historia argentina desde su dictado en 1853, gobierno alguno alcancó tan prolija y consecuente violación de los principios contenidos en la Constitución Nacional, y al mismo tiempo, presentándolo como una legalidad de obligatorio acatamiento. En el expreso terreno del terrorismo de Estado, la primera expresión pública del modelo fue, precisamente, para asegurar la impunidad” (Eduardo Luis Duhalde, “El Estado terrorista argentino”, El Caballito, Buenos Aires, 1983, pág. 103)

Bajo esa aparente legalidad, en una cárcel “vidriera”, convivían presos comunes y presas políticas, durante la dictadura militar iniciada el 24 de marzo de 1976. Se acercaba el año del Mundial, la Argentina sería visitada por miles de periodistas, la vidriera tenía que estar más mostrable que nunca. Pero, poco antes del inicio de la “Fiesta de todos” (Sergio Renán dixit), algo pasaría en el pabellón séptimo de la cárcel de Devoto. Algo terrible, pero que, como “solo” afectó a presos comunes, no llegó a afectar, pese al humo, los gritos y los disparos, la integridad de la vidriera.

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Un pensamiento en “Lo que cuentan las presas políticas (I)

  1. hoy al analizar todo lo leido y al recordar lo vivido entiendo el porque de muchas cosas ….cosas que a los 20 años dificilmente podia dicernir porque digo esto. simple .fui detenido en enero del 77 por robo de automotor luego de un tiempo de picanas y otras torturas ficicas en la subcomisaria de villa caraza fui remitido a olmos .cuando ingrece aparte de una buena paliza como recibimiento senti la imprecion de que estaba en una carcel del siglo dieciocho . la mugre .la oscuridad el gris portodos lados le daban a ese precidio un toque fantasmal .gritos ordenes golpes y amenazas .el personal traido de los montes y bañados del chaco en su mayoria .sin estudio ni otra preparacion que la de golpear a todos y por todo.estube unos meses hasta que un buen dia me informan que tenia traslado a villa devoto .la gloria me dije .,.fue asi como un buen dia ingrece al pabellon siete. todo brillaba .luz pintado taodo como en un jardin de infantes ….lejos ….muy lejos estaba de conocer que detras de tanto brillo se escondia gente muy preparada .para torturar castigar y …… MATAR. en olmos heran brutos por naturalesa alli heran verdugos de profecion ….hugo cardozo sobreviviente del motin del 14 3 1978

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